Sin darme cuenta, pasaron los días y esa sonrisa cada vez acompañaba más a la que parecía estar volviendo a renacer entre mis labios. Me había acostumbrado a que nuestros zapatos pisaran el suelo a la vez, a compartir un croissant por las mañanas, a las tardes en las que tomabas un café sólo para verme al otro lado de la barra, a las noches estudiando juntos, a las tantas llamadas teléfonicas sólo para preguntarme si había llegado bien a casa o para decirme que ya estabas en la cama. Por fín había dejado de percibir los minutos como si fueran horas, ahora parecían décimas de segundo. Décimas de segundo con tu dulce sonrisa, con tu cariño, con tu inocente mirada. Había encontrado al mejor amigo que se podía tener, a una persona con la que me sentía totalmente cómoda y libre, a una persona que sabía escuchar los silencios y que entendía que había distintos tipos de silencios. Éramos compañeros de estudio, confidentes, amigos fieles.
En aquellos dos meses, las tardes de biblioteca de los jueves, tu batido de mango y mi zumo de piña, las películas de miedo en tu casa, los cascos del mp3 compartidos, los "Buenas noches, que duermas bien" se hicieron imprescindibles para mí, y me preguntaba cómo había podido vivir tantos años sin todo aquello. Hubo algo que cambió al llegar el quince de julio; cambiamos las noches de estudio por noches en el jardín de tu casa. Habíamos aprobado al fín los exámenes, tú los de Biología y yo los de Química, y comenzaban oficialmente las vacaciones de verano.
Recuerdo aquella noche cubierta de estrellas, y a nosotros mucho más abajo, sobre una manta, esta vez azul celeste, tumbados con los ojos cerrados, disfrutando del silencio de la noche y de la belleza de aquel momento. Apoyaste tu cabeza en mi hombro y yo acaricié los mechones negros de tu cabello rizado. No sé cuántos minutos nos pasamos así, sin decir nada, pero los dos sabíamos lo que queríamos decir. Sin embargo, preferimos no decir nada, prefirimos mirarnos a los ojos, y después de un largo silencio, fundir nuestros labios en un beso. Un beso que olvidaba un azul aguamarina y que se entregaba esperanzado a un nuevo color, a una nueva piel, a un nuevo sentimiento. Un beso, que a partir de aquella noche, cambió todo lo que habíamos sido hasta entonces. Un beso que nos reconstruyó en algo tan simple y tan hermoso que ninguno de los dos nos podíamos imaginar.