martes, 24 de abril de 2012

Tu batido de mango y mi zumo de piña.

Sin darme cuenta, pasaron los días y esa sonrisa cada vez acompañaba más a la que parecía estar volviendo a renacer entre mis labios. Me había acostumbrado a que nuestros zapatos pisaran el suelo a la vez, a compartir un croissant por las mañanas, a las tardes en las que tomabas un café sólo para verme al otro lado de la barra, a las noches estudiando juntos, a las tantas llamadas teléfonicas sólo para preguntarme si había llegado bien a casa o para decirme que ya estabas en la cama. Por fín había dejado de percibir los minutos como si fueran horas, ahora parecían décimas de segundo. Décimas de segundo con tu dulce sonrisa, con tu cariño, con tu inocente mirada. Había encontrado al mejor amigo que se podía tener, a una persona con la que me sentía totalmente cómoda y libre, a una persona que sabía escuchar los silencios y que entendía que había distintos tipos de silencios. Éramos compañeros de estudio, confidentes, amigos fieles.
En aquellos dos meses, las tardes de biblioteca de los jueves, tu batido de mango y mi zumo de piña, las películas de miedo en tu casa, los cascos del mp3 compartidos, los "Buenas noches, que duermas bien" se hicieron imprescindibles para mí, y me preguntaba cómo había podido vivir tantos años sin todo aquello. Hubo algo que cambió al llegar el quince de julio; cambiamos las noches de estudio por noches en el jardín de tu casa. Habíamos aprobado al fín  los exámenes, tú los de Biología y yo los de Química, y comenzaban oficialmente las vacaciones de verano.
Recuerdo aquella noche cubierta de estrellas, y a nosotros mucho más abajo, sobre una manta, esta vez  azul celeste, tumbados con los ojos cerrados, disfrutando del silencio de la noche y de la belleza de aquel momento. Apoyaste tu cabeza en mi hombro y yo acaricié los mechones negros de tu cabello rizado. No sé cuántos minutos nos pasamos así, sin decir nada, pero los dos sabíamos lo que queríamos decir. Sin embargo, preferimos no decir nada, prefirimos mirarnos a los ojos, y después de un largo silencio, fundir nuestros labios en un beso. Un beso que olvidaba un azul aguamarina y que se entregaba esperanzado a un nuevo color, a una nueva piel, a un nuevo sentimiento. Un beso, que a partir de aquella noche, cambió todo lo que habíamos sido hasta entonces. Un beso que nos reconstruyó en algo tan simple y tan hermoso que ninguno de los dos nos podíamos imaginar.

lunes, 23 de abril de 2012

Una nueva historia.

Después de verle por primera vez desde el fín de nuestra historia, pasé mucho tiempo centrándome en la carrera de Química, trabajando durante las tardes de camarera en una cafetería, y estudiando por las noches. Cuanto menos tiempo libre tuviera, mejor. De vez en cuando, quedaba con mis amigos del instituto, y charlábamos, bueno, ellos charlaban, yo parecía estar en otro lugar. No le había vuelto a ver, y pocas veces me fijaba ya cuando las agujas del reloj señalaban las ocho y once. Los días veinte de cada mes eran un día más, o al menos eso quería creer yo, quería creer que ya estaba superado, que las cosas si se dejan de pensar pierden importancia. Y apenas pensaba en ello, me había prometido a mí misma no volver a recordar su nombre, no recordar el pasado, dejar de torturarme cada segundo, dejar de llorar. Nunca hablaba de ello con nadie, siempre he pensado que cuando le cuentas algo a alguien se tiende a exagerar, y lo que menos me interesaba en aquel momento era exagerar lo que sentía.
Me convencía a mi misma de que mi vida a partir de aquel momento sería así para siempre; ocuparía todos los minutos del día para no pensar en él ni una milésima de segundo. Creía que jamás volvería a entrar alguien importante en mi mundo, que ya no formaría otra historia con nadie. Veía caras entrar y salir de mi vida, pasando desapercibidas, llamando a la puerta sólo una vez sin recibir contestación. Pero a veces te encuentras con personas que llaman una y otra vez, y hasta que no les abres no se van. Esas personas que tal vez deberían meterse más en sus asuntos, pero que sin embargo, se agradece que sigan llamando a la puerta. En junio de aquel año, le abrí la puerta a una persona que iba a tener un gran papel en mi historia, y aunque en aquel momento yo no lo supiera, también en una nueva historia.

domingo, 22 de abril de 2012

Un "Hola" y una sonrisa.

Dicen que sólo llegas a olvidarte de alguien el día en que lo ves y no sientes nada. No hablo de sentir mariposas en el estómago, ni de todas esas cosas que se escriben en las letras de las canciones de amor. Hablo de verle, y no sentir ese puñal, ese golpe decisivo que te atraviesa el cuerpo, el que te deja esa sensación rara en la garganta. No volver a imaginar esas imágenes en la cabeza que pasan tan rápido y que nos dejan un buen dolor de cabeza, no cometer el error de volver al pasado, y dar un paso hacia atrás.
 La cosa se complica cuando él te ve, sonríe y te saluda, así como si nada. Como si él no recordara todas esas imágenes que yo si tenía presentes. Como si él no se acordara de aquel día en que nos bañamos en la playa en pleno mes de diciembre. Como si no recordara cuando nos reíamos por cualquier tontería después de hacer el amor. Como si él no se acordara de como acabó todo, de la lluvia de aquella tarde, de mis lágrimas. Había pasado mucho tiempo, aunque para mí todo aquello hubiera sucedido el día anterior.
Tardé mucho en procesar todo aquello, lo que sentí cuando le ví, darme cuenta de lo que seguía sintiendo, su sonrisa, su "hola". No sé cuántos segundos pasarían hasta que por fín conseguí sacar una voz casi muda, una voz que susurró un tímido "Hola". El mío sin sonrisa, nunca había sido falsa y no lo iba a empezar a ser en ese momento. Seguí caminando, sin darme cuenta de que él aún estaba parado, desconcertado, esperando un "¿Qué tal?" y un "Bien, ¿y tú?". ¿De verdad querías seguir con aquella conversación? ¿De verdad querías saber que me había pasado todas las noches durante ocho meses llorando? ¿De verdad querías que te dijera que te seguía queriendo? ¿De verdad querías decirme que lo sentías pero que tú ya tenías a alguien? Porque eso es lo que hubiera pasado.
Ocho meses sin verle, y justamente nos tuvimos que encontrar en el lugar menos pensado, como siempre sucede en las películas, como yo nunca creí que sucediera en la realidad. Ocho meses con sus días y con sus noches, imaginando cómo sería aquel día. Nunca hubiera pensado que fuera tan frío, hubiera preferido una mirada profunda sin "hola", que un "hola" y una sonrisa de "Somos amigos y nos saludamos". No éramos amigos, nosotros habíamos sido más, y aunque él lo hubiera olvidado, yo en aquel momento no podía.
Aquel veinte de diciembre, me dí cuenta de que no le había olvidado, de que seguía sintiendo aquel puñal, de que aún seguía con la cabeza en el pasado y con el cuerpo en el presente, y por su sonrisa de amigos y por el dolor que sentí al recordarla, me dí cuenta de que no podía seguir así, me dí cuenta de que había llegado el momento no de pasar página, sino de quemar ese libro y comenzar con otro nuevo.

jueves, 29 de marzo de 2012

Los "para siempre" no existen.

Doce de agosto tumbada entre la fría hierba. Destellos de luz en la noche desparecían en milisegundos llevándose los deseos y ofreciendo esperanza a todos los que como yo, creíamos en la magia. Tal vez fuéramos unos interesados que sólo creían en ella ese día, para aferrase a algo quizás, para seguir teniendo un motivo por el que caminar hacia adelante. Yo ya estaba cansada de pisar en las huellas del pasado, de ser una masoquista emocional, de recordar todos los días cuando llegaban las ocho y once de la tarde que esa fue la hora en la que todo se acabó.
Aquella noche mi deseo podía hacerse realidad. Olvidarme de ti, de lo vivido, de lo que no vivimos, de lo que nos dijimos, de lo que no nos dijimos. Olvidarme de todo. Olvidar ese quince de septiembre en el que nos encontramos y pensamos que nunca nos íbamos a separar. Ilusos. Y sobre todo ilusa yo, que me creí los "Para siempre", el "Siempre estaré ahí"y el "Nunca te haré daño". Pero sólo eran mentiras, negaste todas esas frases en una tarde. Supongo que para ti sólo eran eso, frases. Es verdad eso de que el amor te deja ciego, pero supongo que es lo bonito de estar enamorado, que confías plenamente en la otra persona, que piensas que será para siempre. Pero me imagino que todos, llegado un punto, nos damos cuenta de lo equivocados que estábamos,que los "Para siempre" no existen.
Dicen que el tiempo todo lo cura, y pienso que es verdad. Sin embargo, aquella noche, yo no me creía ese dicho, y aunque estuviera pidiendo deseos al cielo, tampoco creía en las estrellas fugaces. En aquel doce de agosto, no me imaginaba que todo se puede olvidar si uno quiere. Y ahí está el matiz, en aquella noche estrellada, yo no quería.

martes, 27 de marzo de 2012

De mi para ti.

Tinta negra con gotas de agua salada. Palabras escritas con tormenta de verano. El calor de julio, que volvía a traer la lluvia de abril, me acariciaba la piel, mientras respiraba por la ventana la melaconlía de aquella tarde oscura. Una carta sin destinatario, simplemente de mi para ti. Noventa días habían pasado desde aquella despedida sin adiós. Noventa días con sonrisa por fuera, con lágrimas por dentro, cambiando el rock por Laura Pausini. Noventa días sin aguamarina, sin sonrisa que me sonría. Noventa días dibujando tu rostro por miedo a olvidar su forma y color.
El mar en verano no se agitaba igual que con los cinco grados de enero. Ya no hacía falta la manta color lavanda que apenas nos tapaba a los dos, a la que siempre echabas la culpa de tu catarro del día siguiente. En ese verano me di cuenta de lo grande que era esa manta cuando contempla las estrellas uno sólo.
Un relámpago se dibujó en el cielo. Cerré la ventana mientras la última caricia de viento me ondulaba un mechón de cabello. Lo miré, y me pregunté si te gustaría más el rubio ceniza de antaño, o este negro azabache. En fín, ¿Acaso importaba?
Me acosté entre las sábanas que había comprado esa misma tarde, mientras respiraba ese olor a nuevo, y esbozaba una medio sonrisa. Cerré los ojos olvidando el papel y la tinta negra que seguían en el borde de la ventana, deseando por un momento que la fuerza de la tormenta rompiera en pedacitos aquellas palabras que nunca llegarías a conocer.

lunes, 26 de marzo de 2012

X, Y, Z.

Las gotas de lluvia resbalaban por la ventana del Ford Fiesta. Una pequeña gota desaparecía en tan sólo tres segundos. Uno, dos, tres. Yo la seguía con el dedo meñique de mi mano derecha, la misma que me habías acariciado un minuto antes. Sólo se escuchaba el sonido del parabrisas, y la risa de una pareja que pasaba por allí. Cómo echaba de menos esa risa de amor. Tú me mirabas, desconcertado, esperando un insulto, un puñetazo o una de mis miradas que tanto miedo decías que te daban. Pero nada de eso iba a suceder. Te miré con la cara empapada de tristeza, y el azul de tus pupilas se apagó, y en ese momento recordé el primer día que observé detenidamente ese azul aguamarina, en ese mismo lugar, en ese mismo Ford Fiesta. No sabía qué decirte, no sabía qué sentir, si odio, si miedo, si tristeza, si ira. Así que me quedé callada, esperando por las palabras que no llegaban, mientras contemplaba el asiento de atrás por el espejo retrovisor. Cuántas noches pasamos tú y yo allí, refugiándonos del frío de enero y de febrero, utilizando una excusa barata para que dos cuerpos se unieran en uno, como si el mundo fuera a dejar de exisitir esa misma noche. Cuántos besos, y cuántos "te quiero", y supongo que cuántas mentiras...Entonces sentí un dolor en la nuca, y comprendí que debía dejar de recordar eso. Y me pregunté, y me pregunto, por qué te empeñaste en añadir una "z" a nuestro sistema de ecuaciones, si tú y yo siempre fuimos de letras. Por qué de pequeña me decían que el amor era escribir versos, y los nuestros se han quedado sin rima. Por qué siento odio cada vez que recuerdo aquel día. Por qué me da pena que no vuelva el frío invernal. Y en ese momento sí me planteé eso de darte un puñetazo, y entonces me dí cuenta de que hubiera preferido recibir diez puñetazos tuyos, que creerme las mentiras que un día me dijiste.
Salí de aquel coche que nunca olvidaría, de ese coche que a partir de aquella tarde de abril pertenecería a otro concesionario. Tú te despediste alzando la mano, triste. Yo observaba aquella matrícula que nunca había llegado a memorizar, y cómo con ella, se marchaba para siempre el primer y único amor de mi vida. Y entonces me acordé de las odiosas matemáticas, y de como una "x" podía quedarse negativa, y me pregunté si siempre sería así.