Las gotas de lluvia resbalaban por la ventana del Ford Fiesta. Una pequeña gota desaparecía en tan sólo tres segundos. Uno, dos, tres. Yo la seguía con el dedo meñique de mi mano derecha, la misma que me habías acariciado un minuto antes. Sólo se escuchaba el sonido del parabrisas, y la risa de una pareja que pasaba por allí. Cómo echaba de menos esa risa de amor. Tú me mirabas, desconcertado, esperando un insulto, un puñetazo o una de mis miradas que tanto miedo decías que te daban. Pero nada de eso iba a suceder. Te miré con la cara empapada de tristeza, y el azul de tus pupilas se apagó, y en ese momento recordé el primer día que observé detenidamente ese azul aguamarina, en ese mismo lugar, en ese mismo Ford Fiesta. No sabía qué decirte, no sabía qué sentir, si odio, si miedo, si tristeza, si ira. Así que me quedé callada, esperando por las palabras que no llegaban, mientras contemplaba el asiento de atrás por el espejo retrovisor. Cuántas noches pasamos tú y yo allí, refugiándonos del frío de enero y de febrero, utilizando una excusa barata para que dos cuerpos se unieran en uno, como si el mundo fuera a dejar de exisitir esa misma noche. Cuántos besos, y cuántos "te quiero", y supongo que cuántas mentiras...Entonces sentí un dolor en la nuca, y comprendí que debía dejar de recordar eso. Y me pregunté, y me pregunto, por qué te empeñaste en añadir una "z" a nuestro sistema de ecuaciones, si tú y yo siempre fuimos de letras. Por qué de pequeña me decían que el amor era escribir versos, y los nuestros se han quedado sin rima. Por qué siento odio cada vez que recuerdo aquel día. Por qué me da pena que no vuelva el frío invernal. Y en ese momento sí me planteé eso de darte un puñetazo, y entonces me dí cuenta de que hubiera preferido recibir diez puñetazos tuyos, que creerme las mentiras que un día me dijiste.
Salí de aquel coche que nunca olvidaría, de ese coche que a partir de aquella tarde de abril pertenecería a otro concesionario. Tú te despediste alzando la mano, triste. Yo observaba aquella matrícula que nunca había llegado a memorizar, y cómo con ella, se marchaba para siempre el primer y único amor de mi vida. Y entonces me acordé de las odiosas matemáticas, y de como una "x" podía quedarse negativa, y me pregunté si siempre sería así.
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