jueves, 29 de marzo de 2012

Los "para siempre" no existen.

Doce de agosto tumbada entre la fría hierba. Destellos de luz en la noche desparecían en milisegundos llevándose los deseos y ofreciendo esperanza a todos los que como yo, creíamos en la magia. Tal vez fuéramos unos interesados que sólo creían en ella ese día, para aferrase a algo quizás, para seguir teniendo un motivo por el que caminar hacia adelante. Yo ya estaba cansada de pisar en las huellas del pasado, de ser una masoquista emocional, de recordar todos los días cuando llegaban las ocho y once de la tarde que esa fue la hora en la que todo se acabó.
Aquella noche mi deseo podía hacerse realidad. Olvidarme de ti, de lo vivido, de lo que no vivimos, de lo que nos dijimos, de lo que no nos dijimos. Olvidarme de todo. Olvidar ese quince de septiembre en el que nos encontramos y pensamos que nunca nos íbamos a separar. Ilusos. Y sobre todo ilusa yo, que me creí los "Para siempre", el "Siempre estaré ahí"y el "Nunca te haré daño". Pero sólo eran mentiras, negaste todas esas frases en una tarde. Supongo que para ti sólo eran eso, frases. Es verdad eso de que el amor te deja ciego, pero supongo que es lo bonito de estar enamorado, que confías plenamente en la otra persona, que piensas que será para siempre. Pero me imagino que todos, llegado un punto, nos damos cuenta de lo equivocados que estábamos,que los "Para siempre" no existen.
Dicen que el tiempo todo lo cura, y pienso que es verdad. Sin embargo, aquella noche, yo no me creía ese dicho, y aunque estuviera pidiendo deseos al cielo, tampoco creía en las estrellas fugaces. En aquel doce de agosto, no me imaginaba que todo se puede olvidar si uno quiere. Y ahí está el matiz, en aquella noche estrellada, yo no quería.

martes, 27 de marzo de 2012

De mi para ti.

Tinta negra con gotas de agua salada. Palabras escritas con tormenta de verano. El calor de julio, que volvía a traer la lluvia de abril, me acariciaba la piel, mientras respiraba por la ventana la melaconlía de aquella tarde oscura. Una carta sin destinatario, simplemente de mi para ti. Noventa días habían pasado desde aquella despedida sin adiós. Noventa días con sonrisa por fuera, con lágrimas por dentro, cambiando el rock por Laura Pausini. Noventa días sin aguamarina, sin sonrisa que me sonría. Noventa días dibujando tu rostro por miedo a olvidar su forma y color.
El mar en verano no se agitaba igual que con los cinco grados de enero. Ya no hacía falta la manta color lavanda que apenas nos tapaba a los dos, a la que siempre echabas la culpa de tu catarro del día siguiente. En ese verano me di cuenta de lo grande que era esa manta cuando contempla las estrellas uno sólo.
Un relámpago se dibujó en el cielo. Cerré la ventana mientras la última caricia de viento me ondulaba un mechón de cabello. Lo miré, y me pregunté si te gustaría más el rubio ceniza de antaño, o este negro azabache. En fín, ¿Acaso importaba?
Me acosté entre las sábanas que había comprado esa misma tarde, mientras respiraba ese olor a nuevo, y esbozaba una medio sonrisa. Cerré los ojos olvidando el papel y la tinta negra que seguían en el borde de la ventana, deseando por un momento que la fuerza de la tormenta rompiera en pedacitos aquellas palabras que nunca llegarías a conocer.

lunes, 26 de marzo de 2012

X, Y, Z.

Las gotas de lluvia resbalaban por la ventana del Ford Fiesta. Una pequeña gota desaparecía en tan sólo tres segundos. Uno, dos, tres. Yo la seguía con el dedo meñique de mi mano derecha, la misma que me habías acariciado un minuto antes. Sólo se escuchaba el sonido del parabrisas, y la risa de una pareja que pasaba por allí. Cómo echaba de menos esa risa de amor. Tú me mirabas, desconcertado, esperando un insulto, un puñetazo o una de mis miradas que tanto miedo decías que te daban. Pero nada de eso iba a suceder. Te miré con la cara empapada de tristeza, y el azul de tus pupilas se apagó, y en ese momento recordé el primer día que observé detenidamente ese azul aguamarina, en ese mismo lugar, en ese mismo Ford Fiesta. No sabía qué decirte, no sabía qué sentir, si odio, si miedo, si tristeza, si ira. Así que me quedé callada, esperando por las palabras que no llegaban, mientras contemplaba el asiento de atrás por el espejo retrovisor. Cuántas noches pasamos tú y yo allí, refugiándonos del frío de enero y de febrero, utilizando una excusa barata para que dos cuerpos se unieran en uno, como si el mundo fuera a dejar de exisitir esa misma noche. Cuántos besos, y cuántos "te quiero", y supongo que cuántas mentiras...Entonces sentí un dolor en la nuca, y comprendí que debía dejar de recordar eso. Y me pregunté, y me pregunto, por qué te empeñaste en añadir una "z" a nuestro sistema de ecuaciones, si tú y yo siempre fuimos de letras. Por qué de pequeña me decían que el amor era escribir versos, y los nuestros se han quedado sin rima. Por qué siento odio cada vez que recuerdo aquel día. Por qué me da pena que no vuelva el frío invernal. Y en ese momento sí me planteé eso de darte un puñetazo, y entonces me dí cuenta de que hubiera preferido recibir diez puñetazos tuyos, que creerme las mentiras que un día me dijiste.
Salí de aquel coche que nunca olvidaría, de ese coche que a partir de aquella tarde de abril pertenecería a otro concesionario. Tú te despediste alzando la mano, triste. Yo observaba aquella matrícula que nunca había llegado a memorizar, y cómo con ella, se marchaba para siempre el primer y único amor de mi vida. Y entonces me acordé de las odiosas matemáticas, y de como una "x" podía quedarse negativa, y me pregunté si siempre sería así.