Doce de agosto tumbada entre la fría hierba. Destellos de luz en la noche desparecían en milisegundos llevándose los deseos y ofreciendo esperanza a todos los que como yo, creíamos en la magia. Tal vez fuéramos unos interesados que sólo creían en ella ese día, para aferrase a algo quizás, para seguir teniendo un motivo por el que caminar hacia adelante. Yo ya estaba cansada de pisar en las huellas del pasado, de ser una masoquista emocional, de recordar todos los días cuando llegaban las ocho y once de la tarde que esa fue la hora en la que todo se acabó.
Aquella noche mi deseo podía hacerse realidad. Olvidarme de ti, de lo vivido, de lo que no vivimos, de lo que nos dijimos, de lo que no nos dijimos. Olvidarme de todo. Olvidar ese quince de septiembre en el que nos encontramos y pensamos que nunca nos íbamos a separar. Ilusos. Y sobre todo ilusa yo, que me creí los "Para siempre", el "Siempre estaré ahí"y el "Nunca te haré daño". Pero sólo eran mentiras, negaste todas esas frases en una tarde. Supongo que para ti sólo eran eso, frases. Es verdad eso de que el amor te deja ciego, pero supongo que es lo bonito de estar enamorado, que confías plenamente en la otra persona, que piensas que será para siempre. Pero me imagino que todos, llegado un punto, nos damos cuenta de lo equivocados que estábamos,que los "Para siempre" no existen.
Dicen que el tiempo todo lo cura, y pienso que es verdad. Sin embargo, aquella noche, yo no me creía ese dicho, y aunque estuviera pidiendo deseos al cielo, tampoco creía en las estrellas fugaces. En aquel doce de agosto, no me imaginaba que todo se puede olvidar si uno quiere. Y ahí está el matiz, en aquella noche estrellada, yo no quería.
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