Tinta negra con gotas de agua salada. Palabras escritas con tormenta de verano. El calor de julio, que volvía a traer la lluvia de abril, me acariciaba la piel, mientras respiraba por la ventana la melaconlía de aquella tarde oscura. Una carta sin destinatario, simplemente de mi para ti. Noventa días habían pasado desde aquella despedida sin adiós. Noventa días con sonrisa por fuera, con lágrimas por dentro, cambiando el rock por Laura Pausini. Noventa días sin aguamarina, sin sonrisa que me sonría. Noventa días dibujando tu rostro por miedo a olvidar su forma y color.
El mar en verano no se agitaba igual que con los cinco grados de enero. Ya no hacía falta la manta color lavanda que apenas nos tapaba a los dos, a la que siempre echabas la culpa de tu catarro del día siguiente. En ese verano me di cuenta de lo grande que era esa manta cuando contempla las estrellas uno sólo.
Un relámpago se dibujó en el cielo. Cerré la ventana mientras la última caricia de viento me ondulaba un mechón de cabello. Lo miré, y me pregunté si te gustaría más el rubio ceniza de antaño, o este negro azabache. En fín, ¿Acaso importaba?
Me acosté entre las sábanas que había comprado esa misma tarde, mientras respiraba ese olor a nuevo, y esbozaba una medio sonrisa. Cerré los ojos olvidando el papel y la tinta negra que seguían en el borde de la ventana, deseando por un momento que la fuerza de la tormenta rompiera en pedacitos aquellas palabras que nunca llegarías a conocer.
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