lunes, 23 de abril de 2012

Una nueva historia.

Después de verle por primera vez desde el fín de nuestra historia, pasé mucho tiempo centrándome en la carrera de Química, trabajando durante las tardes de camarera en una cafetería, y estudiando por las noches. Cuanto menos tiempo libre tuviera, mejor. De vez en cuando, quedaba con mis amigos del instituto, y charlábamos, bueno, ellos charlaban, yo parecía estar en otro lugar. No le había vuelto a ver, y pocas veces me fijaba ya cuando las agujas del reloj señalaban las ocho y once. Los días veinte de cada mes eran un día más, o al menos eso quería creer yo, quería creer que ya estaba superado, que las cosas si se dejan de pensar pierden importancia. Y apenas pensaba en ello, me había prometido a mí misma no volver a recordar su nombre, no recordar el pasado, dejar de torturarme cada segundo, dejar de llorar. Nunca hablaba de ello con nadie, siempre he pensado que cuando le cuentas algo a alguien se tiende a exagerar, y lo que menos me interesaba en aquel momento era exagerar lo que sentía.
Me convencía a mi misma de que mi vida a partir de aquel momento sería así para siempre; ocuparía todos los minutos del día para no pensar en él ni una milésima de segundo. Creía que jamás volvería a entrar alguien importante en mi mundo, que ya no formaría otra historia con nadie. Veía caras entrar y salir de mi vida, pasando desapercibidas, llamando a la puerta sólo una vez sin recibir contestación. Pero a veces te encuentras con personas que llaman una y otra vez, y hasta que no les abres no se van. Esas personas que tal vez deberían meterse más en sus asuntos, pero que sin embargo, se agradece que sigan llamando a la puerta. En junio de aquel año, le abrí la puerta a una persona que iba a tener un gran papel en mi historia, y aunque en aquel momento yo no lo supiera, también en una nueva historia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario