Después de verle por primera vez desde el fín de nuestra historia, pasé mucho tiempo centrándome en la carrera de Química, trabajando durante las tardes de camarera en una cafetería, y estudiando por las noches. Cuanto menos tiempo libre tuviera, mejor. De vez en cuando, quedaba con mis amigos del instituto, y charlábamos, bueno, ellos charlaban, yo parecía estar en otro lugar. No le había vuelto a ver, y pocas veces me fijaba ya cuando las agujas del reloj señalaban las ocho y once. Los días veinte de cada mes eran un día más, o al menos eso quería creer yo, quería creer que ya estaba superado, que las cosas si se dejan de pensar pierden importancia. Y apenas pensaba en ello, me había prometido a mí misma no volver a recordar su nombre, no recordar el pasado, dejar de torturarme cada segundo, dejar de llorar. Nunca hablaba de ello con nadie, siempre he pensado que cuando le cuentas algo a alguien se tiende a exagerar, y lo que menos me interesaba en aquel momento era exagerar lo que sentía.
Me convencía a mi misma de que mi vida a partir de aquel momento sería así para siempre; ocuparía todos los minutos del día para no pensar en él ni una milésima de segundo. Creía que jamás volvería a entrar alguien importante en mi mundo, que ya no formaría otra historia con nadie. Veía caras entrar y salir de mi vida, pasando desapercibidas, llamando a la puerta sólo una vez sin recibir contestación. Pero a veces te encuentras con personas que llaman una y otra vez, y hasta que no les abres no se van. Esas personas que tal vez deberían meterse más en sus asuntos, pero que sin embargo, se agradece que sigan llamando a la puerta. En junio de aquel año, le abrí la puerta a una persona que iba a tener un gran papel en mi historia, y aunque en aquel momento yo no lo supiera, también en una nueva historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario